Toma la palabra

Por Patricia Simón @patriciasimon

¿Cuánto tiempo somos capaces de mantener nuestra atención sobre una tragedia, sobre un nuevo fracaso de la humanidad, sobre un incipiente capítulo de injusticia y dolor?

Hace diez días que empezamos a contar la situación de los refugiados en Macedonia. Desde entonces, hemos visto decenas de vídeos con la policía macedonia repeliendo con gases lacrimógenos y granadas de contusión a los refugiados, niños aterrados con heridas por los golpes. Numerosos periodistas de todo el mundo nos han traído sus voces diciéndonos “Somos personas, no animales”, “Si morimos no perdemos nada, porque en Siria ya no hay vida”, “No quiero ir a Suecia ni a ningún otro sitio, pero la guerra nos fuerza a ello”.

Nos hemos conmovido e indignado como llevamos haciéndolo desde que somos conscientes de lo que pasa más allá de nuestras narices. Como lo hicimos con las imágenes de Sarajevo, con las crónicas de los refugiados kosovares, con las invasiones de Afganistán e Irak. También, aunque con mucha menos información, con el genocidio ruandés, con los niños soldados de la República Democrática del Congo, con las violaciones masivas en Kenia… Como lo hicieron en su momento millones de ciudadanos con la guerra de Vietnam y antes con las dos guerras mundiales.

La diferencia es que ahora no nos da la vida para seguirle el ritmo a los motivos de dolor, rabia e indignación. Hace un par de semanas teníamos una vez más la sensación de que habíamos tocado fondo con la visión de los cadáveres flotando de las cientos de personas que habían perdido la vida intentando alcanzar en pateras las costas europeas. Hace un año, con las imágenes que mostraban a la Guardia Civil disparando con pelotas de goma contra los que intentaban cruzar a nado hasta la costa ceutí. 15 de ellos murieron.

¿Cuánto tiempo seguirá hiriéndonos e interpelándonos la visión del maltrato a los refugiados? De seguir viendo estas imágenes a diario, ¿en qué momento terminarían convirtiéndose en parte del paisaje, como los niños malnutridos etíopes, los asesinados por Israel en Gaza o las mujeres víctimas del feminicidio en Guatemala? ¿Cuándo dejarán de merecer nuestra atención los mismos sirios que comprobaron cómo la guerra que les estaba matando dejaba de interesar a la opinión pública internacional? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Un mes? Para entonces, algunos de ellos ya vivirán entre nosotros.

Los refugiados sirios por los que hoy sufrimos, tuvieron que sobrevivir a una guerra que ya ha acabado con la vida de más de 230.000 personas. Tampoco tuvieron otra alternativa que arriesgar sus vidas y las de sus hijos en un éxodo en pateras por el Mediterráneo en el que se han ahogado más de 28.000 personas en los últimos quince años. Pero la maquiavélica yincana continuará para aquellos que logren salvar la política de cierre de fronteras de la Unión Europea y llegar a nuestros países. Miles de ellos serán encarcelados en centros para inmigrantes, otros serán deportados, unos cuantos conseguirán sobrevivir sin papeles y precarizados, cuidando de nuestros hijos y ancianos, limpiando nuestras casas o sirviéndonos el café. Una minoría, conseguirá el estatuto de refugiado. En concreto, en España en 2014, 385 personas de las 5.600 que lo solicitaron. El premio: una habitación en un centro de acogida durante seis meses –hasta 2012 eran 12 con posibilidad de prórroga– y, en el mejor de los casos, un pago único de 350 euros para ayuda al alquiler si en ese período no se hubiera resuelto su caso.

Así que no hay excusas para no saber qué hacer con tanta indignación. Aquí mismo, donde ya vivimos rodeados de solicitantes de asilo maltratados e invisibilizados, seguirá habiendo Centros de Internamiento de Emigrantes (CIE) que cerrar, redadas racistas que denunciar y vuelos de deportación que parar -sólo en 2014, 253 vuelos expulsaron a 9.400 personas–. Como el que está previsto para el próximo 4 de septiembre con rumbo a Senegal y Nigeria y en el que seguro viajará más de un solicitante asilo que también vio morir compañeros en su travesía por el desierto, trepar vallas y verse encarcelado en un CIE al llegar a nuestro país. Vuelos contratados por el gobierno a Air Europa (Grupo Globalia) contra el que organizaciones de derechos humanos han lanzado una campaña de boicot.

Ante la creciente dispersión de nuestra atención, una buena cura sería pasar del lamento a la acción contra el horror.


Por Human Rights Watch

  • Los agentes fronterizos aparentemente disparan contra los hombres, mujeres y niños  que ven tratando de huir hacia Jordania

Familia huyendo de Idilib en marzo de 2012 (Rodrigo Abd / AP)

(Amman, 27 de junio de 2012) – Soldados sirios en la frontera con Jordania se encuentran al parecer disparando indiscriminadamente contra cualquiera –incluyendo mujeres y niños civiles – que intente huir de Siria, Human Rights Watch señaló hoy. Las autoridades sirias deberían ordenar inmediatamente que sus fuerzas armadas en la frontera acaben con todos los ataques indiscriminados, y tomar todas las medidas posibles para evitar que los civiles que cruzan a países vecinos sean heridos y respetar su derecho a salir del país.

A mediados de junio, Human Rights Watch habló con 17 refugiados sirios en Jordania que relataron que, cuando cruzaron en mayo y junio la frontera en grupos de hasta 200 civiles acompañados por miembros del Ejército Libre de Siria (FSA por sus siglas en inglés), soldados sirios los sometieron al fuego sostenido de ametralladoras y francotiradores, matando a tres civiles e hiriendo a once. Todos los refugiados describieron incidentes en los que el Ejército sirio abrió fuego sin previo aviso y disparó por igual contra cualquiera que estuviera cruzando la frontera, ya fueran miembros del FSA u hombres, mujeres y niños civiles. Leer más


Por Oficina Internacional de los Derechos Humanos
Acción Colombia (OIDHACO)

Bebés de refugiados colombianos en Ecuador (AP)

Colombia es el 7° país en el mundo en términos de origen de refugiados (ACNUR), y el país con mayor número de personas desplazadas en su propio territorio: 5.5 millones, según cifras de la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (Codhes), 3.9 millones según las cifras de la Agencia Presidencial para la Acción Social y la Cooperación Internacional; dos cifras que suponen un verdadero drama. Colombia se sitúa por delante de Sudán (5.2 millones según la ONG IDCM), Afganistán e Irak en número de desplazados, pero este drama no ha merecido ni alertas internacionales ni el cubrimiento de la prensa mundial.

El silencio de la comunidad internacional consigue que, en lugar de disminuir la cifra de víctimas, aumente cada año. Tan solo en 2011, según Codhes, hubo cerca de 260.000 nuevos desplazados. En Colombia cada día, 710 personas se convierten en desplazadas. Y como lo ha destacado la Corte Constitucional colombiana (Auto 092 de abril de 2008), existe un vínculo directo entre el desplazamiento y la violencia sexual; las mujeres desplazadas sufren de un impacto desproporcionado del conflicto armado. En el 2010 En Colombia se registraron 16.916 casos de violencia sexual, 2 cada hora, según la organización SISMA Mujer.

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Comisión Española de Ayuda a Refugiados (CEAR)

  • CEAR denuncia que personas solicitantes de asilo y necesitadas de protección internacional procedentes de Siria no pueden acceder al procedimiento de asilo en España por la exigencia de un visado de tránsito aeroportuario.

Refugiadas sirias en la frontera de Turquía (Burhan Ozbilici / AP)

Hace algo más de dos semanas comenzaron a llegar varias familias de procedencia siria al aeropuerto de Barajas donde solicitaron asilo. Provenían de Argelia y volaban con destino a terceros países, aprovechando el transito que realizaban en Madrid para pedir protección en España. Era su única vía para llegar a nuestro país dado que son personas que han tenido que huir precipitadamente de Siria al peligrar sus vidas. Esas familias apenas sumaban una treintena de personas en busca de refugio.

Sin embargo, el Gobierno, ante su llegada, ha implantado la exigencia de contar con un visado de tránsito aeroportuario que está imposibilitando en la práctica que otras personas pertenecientes a este colectivo puedan llegar a nuestro país.

(Burhan Ozbilici / AP)

Los aeropuertos españoles son la única vía segura de acceso a la protección internacional que poseen quienes huyen de Siria, dado que otras rutas alternativas, terrestres o marítimas, son extremadamente peligrosas. Por este motivo es fundamental que se mantenga abierta esta puerta de acceso al sistema de asilo español, lo contrario es desastroso para la protección de un colectivo tan vulnerable y necesitado de refugio como el de los represaliados sirios. Hecho que pone en cuestión el compromiso de nuestro país con la crisis humanitaria que se vive en Siria.

Se calcula que alrededor de 7.600 personas han buscado refugio en Turquía y otros 4.000 en el Líbano, según datos facilitados por el ACNUR, desde el comienzo de la feroz represión en Siria. Mientras, cientos de miles se han visto atrapadas por la violencia en el interior de Siria o están sufriendo persecución por su oposición política al régimen de Bashar Al Assad.

Refugiados sirios cruzan la frontera con Turquía (Burhan Ozbilici / AP )

Por este motivo, CEAR hace un llamamiento al Gobierno para que retire la exigencia de un visado de tránsito aeroportuario a los nacionales de Siria y a que mantenga abierta esta vía de acceso a la protección internacional del colectivo. Este gesto constituiría una muestra del compromiso con la democratización del mundo árabe manifestado públicamente por nuestro Gobierno y de cumplimiento con la responsabilidad internacional contraída por nuestro país con el derecho de asilo.


Mercé Rivas Torres

Periodista y escritora

Desde que comenzaron las protestas en el norte de África en diciembre del año pasado, no ha habido peticiones de asilo y refugio en España, hasta el momento. Es sólo un dato, pero bastante significativo y lógico al mismo tiempo.

Significativo porque indica que no va a haber una avalancha de ciudadanos que vayan a salir de los países en conflicto de forma masiva, por lo menos de momento  y lógico porque la mayoría de refugiados, entendiendo que son personas que han salido de su país  por razones políticas, religiosas o ideológicas, suelen quedarse en los países vecinos al suyo. Siempre existe la esperanza de que las circunstancias cambien y poder volver a corto plazo. Naciones Unidas calcula que  sólo el seis por ciento llega al primer mundo.

De Libia han salido por tierra  más de trescientas mil personas, la mayoría  inmigrantes del África subsahariana, Pakistán, Bangladesh, así como de  Túnez o Egipto. Todos ellos  habían acudido a Libia a trabajar en la industria petrolera. Una vez instaurada la paz, volverán sin duda. Pero estos individuos no son refugiados, a pesar de que en numerosos medios de comunicación así se les denomina.

Hasta el momento, lo más espectacular para los que quieren sacarle rédito político a la situación, son las barcazas repletas de subsaharianos en primer lugar y  tunecinos o libios en segundo, que están llegando a la isla de Lampedusa en Italia.

Se trata de ciudadanos tunecinos y libios, la mayoría hombres jóvenes, que han decidido embarcarse hacia el primer mundo y que huyen por la falta de oportunidades, de subsaharianos que huyen de conflictos o pobreza en sus países de origen pero que llevaban tiempo atascados en Libia.  No deberíamos olvidar  la frase de Gadafi, una vez iniciado el conflicto, amenazando con barcazas “llenas de  negros” con destino a los países europeos del Mediterráneo. Está cumpliendo su promesa.

De todas formas, este hecho tampoco es una novedad ya que hace  mucho tiempo que ese flujo migratorio se está desarrollando y jamás ha llegado a niveles preocupantes,  pero sólo cuando conviene, algunos políticos populistas y xenófobos lo intentan utilizar como espantapájaros electoral.
Berlusconi, que ahora se rasga las vestiduras por la llegada de estas barcazas, no había abierto la boca mientras estaban en vigor  los acuerdos que había firmado no sólo con Túnez, sino también con su amigo Gadafi, gracias a los cuales cada inmigrante que llegaba a Lampedusa era devuelto  a un módico precio o a cambio de suculentos negocios, tal como denunciaron en su día Amnistía Internacional o Naciones Unidas. Recordemos que las exportaciones de armas de Italia a Libia crecieron espectacularmente en los últimos  seis años.

Todavía es pronto para adelantar qué pasará en las próximas semanas o meses  pero es muy posible que los movimientos migratorios aumenten de forma moderada y ese es el momento de demostrar la talla moral de Europa. No se trata  sólo de un problema de solidaridad sino de decencia y dignidad.

Los europeos, que tanto nos ha costado reaccionar ante las matanzas de Gadafi,  pero que tanto hemos aplaudido desde la derecha a la izquierda las demandas de democratización de los países del norte de África y de Oriente Medio, tendremos que ser consecuentes y apostar por una política de cuotas a la hora de dar una salida a esos inmigrantes.

Las cuotas son un mecanismo solidario para distribuir responsabilidades entre los diferentes Estados y no dejar todo el problema en manos del primer país de acogida.

Ya con los más de 300 mil refugiados de Kosovo se practicó esta política y no fue ningún trauma. Todos los países europeos cumplieron su parte. No podemos estar impulsando cambios en casa del vecino de forma verbal para después no echarle una mano cuando su techo se hunde.
Y ahora mientras todo el foco informativo está centrado en el Norte de África y Oriente Medio, podemos comenzar a reflexionar y a informar sobre lo que está pasando en Costa de Marfil, donde cientos de miles de desplazados viven una situación humanitaria escandalosa, porque no abandona su tierra quien quiere, sino quien desesperadamente no tiene otra salida.