Toma la palabra

Por Samuel

El joven cineasta egipcio Omar Robert Hamilton, a quien ya cité en este blog, se desahogó ayer con una amarga reflexión, tras la masacre del miércoles 14 de agosto y la actual escalada bajo el manto del antiterrorismo. La he traducido porque leyéndole creo que podemos entender mejor cómo los acontecimientos de Egipto nos conciernen a todos. Los enlaces son míos.

Todo era posible – Omar Robert Hamilton, sábado 17 de agosto de 2013

“Me siento, demasiado tarde, solo y esforzándome por saber qué hacer. Por primera vez desde que el 29 de enero de 2011 tomé un avión hacia Egipto, me siento confundido.

Nos esperan peores días que los de hoy.

Pensamos que podíamos cambiar el mundo. Sabemos ahora que aquel sentimiento no era solo nuestro, que cada momento revolucionario fluye con el pulso de un destino manifiesto. Qué diferentes parecen las cosas hoy. No enterraré nuestras convicciones, pero ese sentimiento, ¿optimismo juvenil? ¿ingenuidad? ¿idealismo? ¿locura? está ahora verdadera e irrevocablemente muerto.

Lamento los muertos y desprecio a quienes los asesinaron. Lamento los muertos y desprecio a quienes les enviaron a sus muertes. Lamento los muertos y desprecio a quienes justifican su asesinato. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Qué es este lugar?

La revolución está muerta cuando decimos que está muerta. La revolución está muerta cuando ya no morimos por ella.

Un seguidor del depuesto presidente Mursi se manifiesta frente a un tanque mientras que otro hombre ya ha sido abatido por disparos, Unos segundos después el “hombre frente al tanque” también cae.

Es 12 de febrero de 2011. Hosni Mubarak ha caído. Por la mañana volaré a Estados Unidos para terminar un trabajo, antes de mudarme permanentemente a El Cairo para ayudar a construir un nuevo país. Me siento en el balcón de mi madre. Fumamos cigarrillos y bebemos té para ahuyentar el frío y poder hablar; acerca de lo que hemos visto y hecho, acerca de lo que haremos. Todo, en aquella noche, era posible. Nuestra conversación se mueve desde la grandiosidad de la revolución global a la reflexión práctica sobre los nombramientos de los nuevos ministros a las minucias de los requisitos de la escuela de cine que debería implantarse. Hablamos durante la noche. Tomé notas.

Tal vez sea este recuerdo el que más me duela.

Para cuando volví de Estados Unidos el ejército había limpiado dos acampadas, iniciado juicios sumarios masivos de civiles y asaltado a las mujeres que protestaban con tests de virginidad. La revolución ahora es más pequeña, pero seria, enfocada y bajo un ataque sostenido. El Estado no-fallido, el Estado profundo, el Estado clientelar; una vez al mes, cada mes, ataca. Limpia Tahrir en marzo, abril, agosto y diciembre. Ataca a los manifestantes frente a la Embajada israelí. Envuelve el centro de El Cairo en una niebla de noviembre con gases lacrimógenos fabricados en Pennsylvania. Lanza una lluvia de piedras y cócteles Molotov desde el tejado del edificio del gobierno. Sella las puertas del estadio de Port Said, convirtiéndolo en una trampa mortal. En cada ocasión muere gente luchando contra él.

Hubo momentos en que pudimos haber roto el dominio del ejército sobre el país. Pudimos haber permanecido en Tahrir después de la expulsión de Mubarak. Tahrir estaba al mando y todavía no había políticos que lo traicionaran. Pero nos fuimos. Cada uno dijo que volvería al día siguiente y entonces, de algún modo, no lo hicieron. La gente quería ducharse y dormir en sus propias camas. Entonces, brigadas espontáneas de limpieza se repartieron por toda la ciudad y hacia el mediodía todo se había vuelto agradable y ordenado.

En noviembre de 2011 y en enero de 2012 las calles repitieron los cantos pidiendo el fin del gobierno militar. Pero ahora era el turno del autoproclamado papel de los políticos de traducir la acción de la calle en ventajas políticas. Ahora el ejército tenía gente con quien hablar. Si todas las fuerzas que supuestamente se oponían a los militares – los revolucionarios, los liberales, la Hermandad y los salafistas – hubieran estado verdaderamente unidas, ¿dónde estaríamos hoy? Posiblemente muertos. Pero tal vez no. Tal vez hubiéramos estado más cerca de un Estado civil.

Nunca fue posible una alianza ideológica real. Pero una práctica, táctica, podría haber funcionado. Pero en lugar de trabajar juntos cada parte se reunió en reiteradas ocasiones con el ejército y llegó a acuerdos con él, situando a los generales de manera consistente en la posición táctica más fuerte. Todos tuvieron su parte de culpa. Los viejos y adinerados liberales que se presentaron a sí mismos como los aliados de la revolución vivían en un confort relativo, tenían relaciones históricas con el ejército y demonizaban de manera rutinaria a los Hermanos Musulmanes. El desprecio de los revolucionarios por la alta política implicó que se situasen en los hechos fuera de la ecuación. Los salafistas solo estaban interesados en un acuerdo que les diera más poder y sus ministerios más apreciados: salud y educación. Y los Hermanos Musulmanes, enamorados desde hacía tiempo de su habilidad para poner números en las calles, fueron arrogantes e hipócritas desde el principio – haciendo promesas electorales serias a los liberales, presionando a los estadounidenses en su favor y ofreciendo al ejército inmunidad y la supervisión de sí mismo.

Una vez en el poder, Mohamed Morsi rechazó enfrentarse al Ministerio del Interior. En su lugar, nombró a Ahmad Gamal al-Din quien, como jefe del Directorio de Seguridad de Asiut casi masacra la revolución ya en enero de 2011 y fue luego el jefe de la Seguridad General del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas en la época de Mohamed Mahmoud y las masacres ultras.

El principal enemigo del pueblo siempre fue el Estado policial: la policía y el ejército. Nunca llegaremos a ningún lado hasta que no estén desmantelados por completo. Hubo un momento en que esto pudo lograrse, cuando un estado civil pudo haberse construido. Pero Morsi y los Hermanos Musulmanes hubieran tenido que elegir el desafío de trabajar con las fuerzas dispersas y contenciosas de la izquierda y los liberales antes que tratar con la organizada certeza de los militares.

* * * *

Ahora escribo desde Sarajevo. Ayer me senté en el Museo en memoria de Srebrenica. Mientras los hombres saltaban del Puente 6 de Octubre en El Cairo para escapar del tiroteo que les cercaba por todos lados, el general Ratko Mladic miraba a la cámara, hablando a la historia:

Aquí estamos el 11 de julio de 1995, en la Srebrenica serbia, en vísperas de un día sagrado serbio. Entregamos esta ciudad a la nación serbia; en memoria del alzamiento contra los turcos. Ha llegado la hora de vengarnos de los musulmanes. 

Vago solo por las calles. Cada edificio continúa marcado con las cicatrices de la guerra. Bebo en soledad en la gala de apertura del festival de cine al que asisto, pensando en una mujer que aparece en el vídeo del museo.

Si hubiera llorado, si hubiera gritado que no se lo llevaran. Si me hubiera aferrado a él. Si hubiera hecho algo. No sé. Quizás hoy sería capaz de vivir conmigo misma.

* * * *

Es 27 de junio de 2013. Estamos sentados en Estoril [N. del T.: restaurante de El Cairo], en una esquina de la mesa bajo la televisión. De los seis que somos, tres creen de verdad que las marchas del 30 de junio serán atacadas; que es el momento perfecto para que las redes del viejo Partido Nacional Democrático empujen al país hacia el caos, y fuercen al ejército a tomar de nuevo el control. Se habla de listas de objetivos para matar. Me gasto cientos de libras en lentes de protección que espero que mantengan los perdigones fuera de nuestros ojos. No quiero marchar ese día. Quiero que Morsi se vaya, pero las voces que estamos escuchando son todas de feloul [seguidores del régimen de Mubarak] y por internet circulan instrucciones que insisten en que no se cante contra el ejército o la policía. Pero todos mis amigos van a ir, así que ¿qué otra opción tengo? ¿Verles morir en televisión?

Lo interpretamos mal. La sangre que el ejército, el régimen, quería, no era la nuestra. No esta vez. ¿Será porque ahora somos irrelevantes? ¿O porque la reacción hubiera sido demasiado fuerte?

Y el 3 de julio, tal y como hicieron el 11 de febrero de 2011, el ejército orquestó un golpe. En febrero derrocaron a Mubarak para debilitar la presión pública y desmovilizar a la gente. Y funcionó. ¿Qué sucedió esta vez? ¿Forzó la presión de la calle al ejército para que actuara, o en cambio el ejército creó la presión de la calle por medio de Tamarrod para conseguir lo que querían?

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¿Podrán ganar alguna vez los que carecen de armas?

Un amigo iraní me aseguró una vez que lo que queremos es reforma, en vez de revolución. Que las revoluciones solo las ganan los más violentos.

Lo primero que leí cuando me desperté hoy fue Adam Shatz.Escribió:

Los revolucionarios egipcios confundieron su creencia en la revolución con la existencia de una revolución. 

¿Pero qué otra cosa tenemos sino nuestras creencias? Ellas son las fundaciones de nuestras acciones, nuestras identidades. Y fue transformadora: la creencia en el otro que todos compartimos, por un momento. En una eternidad de decepción, de avaricia y de malicia aquel momento en que finalmente el ser humano valía algo, en el que tener una comunidad era preferible a estar solo con un libro, tenía un valor que jamás se perderá. No puedes subestimar la importancia que estos dos años y medio han tenido para la gente, cómo llegaron a sentirse con tanta fuerza y tan poco miedo. La existencia de una revolución no debería confundirse con la existencia de un liderazgo político y un proceso. La revolución está muerta cuando decimos que está muerta. La revolución está muerta cuando ya no morimos por ella.

Mi apartamento en El Cairo está en Bab al-Louq y cada vez que voy al supermercado veo la entrada en la que me escondí el 22 de noviembre de 2011, durante la primera batalla de la calle Mohamed Mahmoud. Huelo la nube de gas lacrimógeno que llena la calle, veo la puerta de cristal cerrada y en su reflejo los flashes de los disparos de la policía que se acercan cada vez más. Escucho el crac de un fusil recargándose, cada vez más y más ruidoso. Y escucho, con perfecta claridad, mis pensamientos.

Vuélvete. Cógelo por la espalda. Tal vez sobrevivas. Levántate y ponte derecho. Levántate. Te recordarán. Ahora es tu turno. El pueblo ha dado más. El pueblo ha dado sus ojos. Alaa está en la cárcel. Se enfrentaron con coraje. Con coraje. Levántate. Te recordarán.

No puedo levantarme ante la muerte hoy. Hoy soy un cobarde que solo puede escribir. Veo cómo la revolución está siendo arrastrada para ser ejecutada sobre una sepultura y no sé qué hacer. Pero sé que, antes de que sea demasiado tarde, nos aferraremos a ella, lucharemos por ella. Tenemos que hacerlo, o nunca podremos vivir con nosotros mismos”.


Coalición de ONG Armas bajo control

  • Entre las operaciones preocupantes figuran también algunas realizadas a México y Pakistán, sumidos en procesos violentos de intensidad creciente
  • Más de 1.100 millones de ventas en armamento, material de defensa y de doble uso

La policía antidisturbios reprime con gases lacrimógenos una protesta en Manama. (Hasan Jamali / AP)

Durante el primer semestre de 2011, España continuó realizando operaciones de exportación de armas y material de defensa y seguridad que las organizaciones de la campaña “Armas bajo control” consideran preocupantes.

Así se desprende de un informe elaborado por Amnistía Internacional, Fundació per la Pau, Greenpeace e Intermón Oxfam con la asistencia técnica del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH). El informe analiza las ventas españolas de material de defensa, de doble uso y otro material (armas de caza y deportivas, y material policial) durante el primer semestre de 2011.

En él, las organizaciones de la campaña “Armas bajo control” denuncian que a pesar de algunas medidas adoptadas para la zona, se siguieron realizando exportaciones de material a países del Norte de África y Oriente Próximo (Bahréin, Arabia Saudí y Egipto) que corría el riesgo de ser usado para cometer violaciones de derechos humanos. Leer más


por Solidaridad Internacional

Llamamiento a la comunidad internacional en defensa de los derechos humanos.

Cuando se cumple un año del inicio del levantamiento popular en Egipto,  la violencia, las detenciones arbitrarias y los juicios militares a manos del Ejército resultan alarmantes y amenazan con aniquilar  las reivindicaciones sociales de la revolución.  Para evitarlo, la comunidad internacional debe proteger a los defensores de derechos humanos y movimientos civiles en Egipto de forma decidida y con acciones concretas, tal y como expone el informe “Egipto bajo represión” (ver adjuntos).

“Hoy, la euforia de la revuelta ha quedado sustituida por el miedo a que el gobierno represor haya sido remplazado por otro igual”, concluye el informe que recoge los resultados de una misión de investigación en Egipto que presentan hoy el Instituto para la Noviolencia Activa (INA), Solidaridad Internacional (SI) y Patrir.

Investigar y reportar los abusos de forma coordinada, hacer seguimiento exhaustivo y presencial de los juicios militares, dar visibilidad a la sociedad civil egipcia, exigir responsabilidades a las autoridades, promover cambios legislativos y tomar medidas legales, administrativas y judiciales, son las principales recomendaciones de este Informe.

Represión
Casi 12.000 civiles han sido detenidos y llevados ante tribunales militares desde el inicio de la “Revolución del 25 de enero”. La persecución militar se ha usado como herramienta política para reprimir el derecho de reunión pacífica, de libertad de asociación y de expresión. Los disidentes están sometidos a persecución militar. Los derechos de libertad de asociación y de asamblea pacífica en Egipto están amenazados actualmente. Los y las manifestantes se enfrentan a un proceso de detención injusta y son sometidos a tortura. Dichas actividades se cometen con impunidad de facto. Las Fuerzas de Seguridad de Egipto están haciendo un uso de la fuerza: ilegal, desproporcionado, excesivo y letal para dispersar las manifestaciones pacíficas.

La crítica abierta al CSFA se persigue militarmente. Los fiscales militares han interrogado a periodistas, blogueros y activistas. Se han secuestrado publicaciones y prensa, y los estudios de televisión han sido objeto de redadas. Las mujeres y las minorías religiosas continúan enfrentándose a la discriminación generalizada, tanto en la ley como en la práctica. Las expectativas de una mayor igualdad que crecieron durante la revuelta han sido frustradas.

Protesta por la actuación del ejército contra manifestantes. El Cairo, 2011 (Amr Nabil/AP Photo)

La “transición pacífica” prometida por el ejército está lejos de ser alcanzada y las elecciones celebradas no han evitado que continúen los abusos.

Resulta urgente que la comunidad internacional tome partido por las libertades civiles y políticas si quiere evitar que la revolución popular sea traicionada por la represión en Egipto. Por ello, el informe hace un llamamiento a los representantes diplomáticos y agencias multilaterales a emprender y reforzar acciones concretas, de acuerdo a directrices de la Unión Europea y protocolos internacionales.

El plan de acción llama a la comunidad internacional a reforzar su apoyo al pueblo egipcio en la transición democrática, fortaleciendo capacidades de las organizaciones civiles, compartiendo experiencias en procesos similares y dando coherencia a las estrategias de actores internacionales.


Basel Ramsis

Cineasta egipcio

Miles de manifestantes en la Plaza Tahrir el 9 de septiembre exigiendo una ruta clara hacia la Democracia y el fin de los juicios militares a los civiles (Amr Nabil / AP)

¿Ha fracasado la revolución? Esta es la pregunta principal que se plantea la calle egipcia a lo largo de las últimas semanas. Todos los intentos por responder a esta pregunta ocurren mientras la mirada se centra en el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) que gobierna Egipto desde el pasado 11 de febrero. Este comité está formado por militares, hombres de confianza del expresidente Mubarak durante las últimas décadas de su mandato.

El hecho de fijar la mirada en este consejo, al tiempo que se intenta responder a esa pregunta, se debe a su control absoluto del poder recurriendo al lema “defender la revolución” y haber sido participe de ella, mientras a diario va tomando decisiones que no favorecen el cambio democrático, salvo aquellas tomadas por la presión directa de la calle. Al contrario, estas decisiones favorecen la continuidad del antiguo régimen. Como ejemplo, haber juzgado ante tribunales militares a 12.000 civiles a lo largo de estos siete meses, la mayoría por participar en la revolución, además de amenazar e interrogar a activistas políticos y periodistas, y publicar un comunicado oficial el pasado 7 de septiembre amenazando a los medios de comunicación críticos con la cúpula militar y a los trabajadores que ejercen el derecho a la huelga. Una de sus últimas decisiones ha consistido en promulgar una pésima nueva ley electoral.

Algunas de las respuestas a la pregunta inicial confirman que la revolución ha sido robada y que, definitivamente, ha fracasado. Otras respuestas giran en torno a que esta revolución es un proceso largo que no se compondrá solo de éxitos. Los que comparten esta última opinión toman como principales ejemplos que miles de jóvenes mantengan una nueva relación con la militancia política, que a diario se convoquen huelgas y protestas de trabajadores, y que las manifestaciones de los viernes, aunque paren durante algunas semanas, vuelvan a invadir las calles con fuerza, con lemas y peticiones claras, como las celebradas el 9 de septiembre.

Manifestantes antiMubarak el febrero de 2011 en la Plaza Tahrir (Emilio Morenatti / AP)

Todos los que intentan responder a la pregunta inicial coinciden en que esta revolución está atascada debido, principalmente, a la política llevada a cabo por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Hay quien añade también la subida de tono y la mayor presencia de las corrientes islamistas. Otros consideran que la culpa es de la proliferación de “actos infantiles” y sin planificación por parte de los llamados “jóvenes de la revolución”, vinculados a las fuerzas políticas democráticas.

El 9 de septiembre podría considerarse un ejemplo claro de este tipo de actos. Se celebraron numerosas manifestaciones pacíficas en las principales ciudades del país. Al final de la jornada se inició una marcha hacia la embajada israelí, situada en el centro de El Cairo, que acabaron asaltándola. La policía entró en acción estallando una batalla campal que duró horas y acabó con docenas de detenidos, cientos de heridos y algunos fallecidos. Todo ello ha provocado todavía más división en la opinión pública egipcia en torno a la revolución y a sus activistas.

Este ambiente de tensión tiene como motivo principal la presencia de los militares en el poder desde hace más de siete meses, sin una hoja de ruta clara de cómo y cuándo van a ceder el poder a los civiles en unas elecciones democráticas. En febrero prometieron volver a los cuarteles en el margen de seis meses desde que asumieron el poder. Desde entonces han controlado los medios de comunicación oficiales, examinando directamente el contenido de los programas de máxima audiencia – algunos periodistas han recibido llamadas telefónicas diarias por parte de algún miembro del Consejo – y han estado presentes, los propios militares, como invitados en diferentes programas o a través de intervenciones telefónicas diarias. Se ha llevado a cabo una campaña en los medios de comunicación contra las fuerzas democráticas, de izquierda y laicas, tachando a sus activistas de “jóvenes alocados”. Esto provocó que una parte importante de la población – calificada en los medios como los integrantes del “partido del sofá”- culpe a la revolución de la situación de inestabilidad que vive el país. Por último, la cúpula militar ha promulgado una ley electoral, rechazada por todos los partidos políticos, que los expertos aseguran abre el camino a que las próximas elecciones sean las más violentas en la historia egipcia, que no sean democráticas y que verán la vuelta de los hombres del antiguo régimen al Parlamento, en el mejor de los casos, compartiendo escaños con los islamistas.

Todo ello plantea otra pregunta ¿habrá algún plan para “argelizar” Egipto? No nos referimos a una guerra civil al estilo argelino, sino a llevar al país a una situación de choque entre las fuerzas democráticas, laicas y de izquierda, por un lado, y los islamistas radicales por otro, permitiendo a este poder militar golpear a ambas partes y permanecer en el poder hasta reciclar a los hombres del régimen de Mubarak.

Parece haber muchas señales en esta dirección, entre ellas: el proceso de polarización que está en marcha entre los dos sectores, el islamista y el de las fuerzas democráticas. Todavía no se ha recurrido al uso de la violencia física, salvo en casos concretos, pero aumenta la violencia verbal en los discursos, por ejemplo, con insultos y amenazas contra escritores que critican a la corriente islamista o al consejo militar. Ello se acompaña con un discurso de líderes islamistas, presente en los medios de comunicación y en las redes sociales, rechazando las libertades y los derechos humanos, pero no el uso de las urnas para llegar al poder; “la civilización faraónica es podrida y hay que tapar las caras de las estatuas” – el caso de Abdel Menem Alshahat. O “Los que critican a los islamistas son de las fuerzas ateas y las de las cruzadas, hay que enterar la guerra en su contra, y hacer que los cristianos paguen el tributo en el estado islámico que viene – el caso de Muhamad Mustafa/Abou Shadi).

Este tipo de discurso también tiene su efecto en el otro sector, extremizando sus posturas. Teniendo en cuenta que este bando democrático no cuenta con un liderazgo claro, son las posturas “del que más grita” las que obtienen el liderazgo muchas veces, identificando a este sector con el bando del caos.

La presencia en las calles de un ejército de delincuentes comunes desde el pasado 28 de enero, parte de ellos liberados de las cárceles por el régimen de Mubarak, juega un papel clave en la intención de aumentar el sentimiento de falta de seguridad. Es conocido que muchos de estos delincuentes comunes tienen vínculos con los servicios secretos y participaron en ataques contra manifestantes y contra activistas políticos. Esto aumenta las posibilidades del guión del terror. No se descarta que, en un momento dado, los oficiales de la policía secreta, relacionados con casos de tortura o asesinatos y que todavía ocupan sus cargos, utilicen a estos delincuentes y consideren su salvación el guión del terror y el del caos si ven que pueden ser juzgados en tribunales serios. En los últimos días varios personajes públicos sufrieron ataques violentos por parte de desconocidos.

Por último quisiera mencionar el pánico, a nivel de la opinión pública europea y norteamericana, hacia los islamistas y hacia el llamado “caos”, que haría que se mantuvieran calladas frente a un golpe de Estado serio y claro contra el intento de transición a un sistema democrático y no ejerciesen ninguna presión contra el régimen egipcio. De esta forma, el consejo militar aparecería  como el salvador de la patria contra el caos y contra las fuerzas de tintes fascistas.

¿Será esta la hoja de rota ausente y no anunciada por parte del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas? o ¿saldrá la revolución de su atasco?

Es todavía pronto para contestar a estas preguntas, pero podemos observar lo ocurrido el día 9 de septiembre como parte de una estrategia política: la ausencia total de la policía frente a la embajada israelí, no intervenir en ningún momento, testigos directos que dicen que la puerta de la embajada estaba ya abierta, lanzar papeles desde el balcón de la embajada, y tras todo ello, la intervención de la policía contra los manifestantes, no solamente frente a la embajada, sino principalmente cerca de la jefatura cercana de la policía. Horas después, el régimen militar re-activa la ley de emergencia y comienza una campaña contra el caos/la revolución.