Toma la palabra

Basel Ramsis

Cineasta egipcio

Miles de manifestantes en la Plaza Tahrir el 9 de septiembre exigiendo una ruta clara hacia la Democracia y el fin de los juicios militares a los civiles (Amr Nabil / AP)

¿Ha fracasado la revolución? Esta es la pregunta principal que se plantea la calle egipcia a lo largo de las últimas semanas. Todos los intentos por responder a esta pregunta ocurren mientras la mirada se centra en el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) que gobierna Egipto desde el pasado 11 de febrero. Este comité está formado por militares, hombres de confianza del expresidente Mubarak durante las últimas décadas de su mandato.

El hecho de fijar la mirada en este consejo, al tiempo que se intenta responder a esa pregunta, se debe a su control absoluto del poder recurriendo al lema “defender la revolución” y haber sido participe de ella, mientras a diario va tomando decisiones que no favorecen el cambio democrático, salvo aquellas tomadas por la presión directa de la calle. Al contrario, estas decisiones favorecen la continuidad del antiguo régimen. Como ejemplo, haber juzgado ante tribunales militares a 12.000 civiles a lo largo de estos siete meses, la mayoría por participar en la revolución, además de amenazar e interrogar a activistas políticos y periodistas, y publicar un comunicado oficial el pasado 7 de septiembre amenazando a los medios de comunicación críticos con la cúpula militar y a los trabajadores que ejercen el derecho a la huelga. Una de sus últimas decisiones ha consistido en promulgar una pésima nueva ley electoral.

Algunas de las respuestas a la pregunta inicial confirman que la revolución ha sido robada y que, definitivamente, ha fracasado. Otras respuestas giran en torno a que esta revolución es un proceso largo que no se compondrá solo de éxitos. Los que comparten esta última opinión toman como principales ejemplos que miles de jóvenes mantengan una nueva relación con la militancia política, que a diario se convoquen huelgas y protestas de trabajadores, y que las manifestaciones de los viernes, aunque paren durante algunas semanas, vuelvan a invadir las calles con fuerza, con lemas y peticiones claras, como las celebradas el 9 de septiembre.

Manifestantes antiMubarak el febrero de 2011 en la Plaza Tahrir (Emilio Morenatti / AP)

Todos los que intentan responder a la pregunta inicial coinciden en que esta revolución está atascada debido, principalmente, a la política llevada a cabo por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Hay quien añade también la subida de tono y la mayor presencia de las corrientes islamistas. Otros consideran que la culpa es de la proliferación de “actos infantiles” y sin planificación por parte de los llamados “jóvenes de la revolución”, vinculados a las fuerzas políticas democráticas.

El 9 de septiembre podría considerarse un ejemplo claro de este tipo de actos. Se celebraron numerosas manifestaciones pacíficas en las principales ciudades del país. Al final de la jornada se inició una marcha hacia la embajada israelí, situada en el centro de El Cairo, que acabaron asaltándola. La policía entró en acción estallando una batalla campal que duró horas y acabó con docenas de detenidos, cientos de heridos y algunos fallecidos. Todo ello ha provocado todavía más división en la opinión pública egipcia en torno a la revolución y a sus activistas.

Este ambiente de tensión tiene como motivo principal la presencia de los militares en el poder desde hace más de siete meses, sin una hoja de ruta clara de cómo y cuándo van a ceder el poder a los civiles en unas elecciones democráticas. En febrero prometieron volver a los cuarteles en el margen de seis meses desde que asumieron el poder. Desde entonces han controlado los medios de comunicación oficiales, examinando directamente el contenido de los programas de máxima audiencia – algunos periodistas han recibido llamadas telefónicas diarias por parte de algún miembro del Consejo – y han estado presentes, los propios militares, como invitados en diferentes programas o a través de intervenciones telefónicas diarias. Se ha llevado a cabo una campaña en los medios de comunicación contra las fuerzas democráticas, de izquierda y laicas, tachando a sus activistas de “jóvenes alocados”. Esto provocó que una parte importante de la población – calificada en los medios como los integrantes del “partido del sofá”- culpe a la revolución de la situación de inestabilidad que vive el país. Por último, la cúpula militar ha promulgado una ley electoral, rechazada por todos los partidos políticos, que los expertos aseguran abre el camino a que las próximas elecciones sean las más violentas en la historia egipcia, que no sean democráticas y que verán la vuelta de los hombres del antiguo régimen al Parlamento, en el mejor de los casos, compartiendo escaños con los islamistas.

Todo ello plantea otra pregunta ¿habrá algún plan para “argelizar” Egipto? No nos referimos a una guerra civil al estilo argelino, sino a llevar al país a una situación de choque entre las fuerzas democráticas, laicas y de izquierda, por un lado, y los islamistas radicales por otro, permitiendo a este poder militar golpear a ambas partes y permanecer en el poder hasta reciclar a los hombres del régimen de Mubarak.

Parece haber muchas señales en esta dirección, entre ellas: el proceso de polarización que está en marcha entre los dos sectores, el islamista y el de las fuerzas democráticas. Todavía no se ha recurrido al uso de la violencia física, salvo en casos concretos, pero aumenta la violencia verbal en los discursos, por ejemplo, con insultos y amenazas contra escritores que critican a la corriente islamista o al consejo militar. Ello se acompaña con un discurso de líderes islamistas, presente en los medios de comunicación y en las redes sociales, rechazando las libertades y los derechos humanos, pero no el uso de las urnas para llegar al poder; “la civilización faraónica es podrida y hay que tapar las caras de las estatuas” – el caso de Abdel Menem Alshahat. O “Los que critican a los islamistas son de las fuerzas ateas y las de las cruzadas, hay que enterar la guerra en su contra, y hacer que los cristianos paguen el tributo en el estado islámico que viene – el caso de Muhamad Mustafa/Abou Shadi).

Este tipo de discurso también tiene su efecto en el otro sector, extremizando sus posturas. Teniendo en cuenta que este bando democrático no cuenta con un liderazgo claro, son las posturas “del que más grita” las que obtienen el liderazgo muchas veces, identificando a este sector con el bando del caos.

La presencia en las calles de un ejército de delincuentes comunes desde el pasado 28 de enero, parte de ellos liberados de las cárceles por el régimen de Mubarak, juega un papel clave en la intención de aumentar el sentimiento de falta de seguridad. Es conocido que muchos de estos delincuentes comunes tienen vínculos con los servicios secretos y participaron en ataques contra manifestantes y contra activistas políticos. Esto aumenta las posibilidades del guión del terror. No se descarta que, en un momento dado, los oficiales de la policía secreta, relacionados con casos de tortura o asesinatos y que todavía ocupan sus cargos, utilicen a estos delincuentes y consideren su salvación el guión del terror y el del caos si ven que pueden ser juzgados en tribunales serios. En los últimos días varios personajes públicos sufrieron ataques violentos por parte de desconocidos.

Por último quisiera mencionar el pánico, a nivel de la opinión pública europea y norteamericana, hacia los islamistas y hacia el llamado “caos”, que haría que se mantuvieran calladas frente a un golpe de Estado serio y claro contra el intento de transición a un sistema democrático y no ejerciesen ninguna presión contra el régimen egipcio. De esta forma, el consejo militar aparecería  como el salvador de la patria contra el caos y contra las fuerzas de tintes fascistas.

¿Será esta la hoja de rota ausente y no anunciada por parte del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas? o ¿saldrá la revolución de su atasco?

Es todavía pronto para contestar a estas preguntas, pero podemos observar lo ocurrido el día 9 de septiembre como parte de una estrategia política: la ausencia total de la policía frente a la embajada israelí, no intervenir en ningún momento, testigos directos que dicen que la puerta de la embajada estaba ya abierta, lanzar papeles desde el balcón de la embajada, y tras todo ello, la intervención de la policía contra los manifestantes, no solamente frente a la embajada, sino principalmente cerca de la jefatura cercana de la policía. Horas después, el régimen militar re-activa la ley de emergencia y comienza una campaña contra el caos/la revolución.